( UN CUENTO CORTO ABORDANDO UN TEMA MEDIO ESCABROSO, MOLESTO, COMO ES EL DE LA POBREZA EXTREMA EN CIERTAS REGIONES DE BRASIL. EN VERDAD ES UN CHISTE, DE HUMOR NEGRO, UN CUENTO SURREALISTA.)
- Y por que usted decidió comerse la casa? – El interrogador apuntó el micrófono a la mujer que tenia delante suyo.
- Que tipo de pregunta es esa? – La mujer protestó. – Que quiere de mí? De donde viene usted?
- Yo vengo de la ciudad – dijo el hombre.
- Usted puede creerlo? No tengo a quien llorar mis penas. No tengo a nadie a quien recurrir en esta hora. Hay otras cosas que no se ven, y que usted no entenderia.
La mujer trataba de hacerce entender, usando sus pobres medios verbales.
- Mire – dijo él. – No quiero que se formen malentendidos. Si usted me lo cuenta todo, yo haré que su historia aparezca en la ciudad grande. Un gran diario la publicará. Quizás una revista de amplia tirada mensual…. Yo vivo de esto.
- Usted va a vivir de mí? Tonta yo no soy, no señor. Puedo ser analfabeta, todo lo que quiera. Pero no acepto explotación. Y esa no es manera de ablandarme, ¡y váyase porque sino agarro la escopeta y..!
- ¡Por favor! ¡Piénselo un poco! Tendrá un médico. Vendrán a darle un diagnóstico, todo gracias a la repercusión del reportaje que yo le haré. El gobierno se enterará de su caso. Alguien tomará las medidas eso es seguro. Pero cuénteme apenas: cuando fue que comenzaron los… digamos… los reflejos de su enfermedad?
- Se da cuenta? Usted también me culpa por esto.
- ¡No! ¡No la culpo!
- Acaso usted siente piedad? Se compadece al verme comer las paredes de mi rancho?
El sentimiento es ciertamente complejo. Deja al hombre vacilante. Prefiere cortar la grabación. Toma el block e inicia un manuscrito con letra nerviosa. Al fin, parece querer huir, derrotado en la perplejidad por aquella mujer extraña. Él le da unos cincuenta años. Tiene caderas amplias, y pechos voluminosos.
Él revuelve dentro de su bolsa, pensando en sacarle unas fotos y marcharse de alli. El deber periodístico, sin embargo, lo obliga a permanecer sentado en el banquillo, en medio al recinto- el único ambiente del rancho.
- Al fin y al cabo – protestó ella con las mejillas coloradas – la casa es mía y nadie se mete en mis cosas.
- Quien sabe no haya algo más que no se ha dicho? Aguarde un momento.
Él comenzó a sacar unas fotos de las paredes. La superficie de éstas era marrón, áspera y reseca. Tenía marcas profundas por todos lados. Eran grandes agujeros y raspaduras. Parecía arañada como por zarpas monstruosas.
La mujer se impacientaba. Sin embargo, permanecía sentada frente a la mesa vacía.
- Ya tiene lo suficiente?
- Déjeme tomarle un poco más de su tiempo. Podría hacerme una demostración? sólo para que yo pueda documentar los hechos. Después la dejo en paz.
Él la mira a los ojos. La amargura de la mujer se torna evidente en el fondo de esas pupilas violeta.
- ¡Ah! ¡Eso ya es demasiado!
Sin embargo, termina por complacerlo. Lentamente, se agacha en una postura casi masoquista, penitente. Como frente al altar.
Él pensaba en el reportaje. “ Es todo verdad “ imprimirían en la edición vespertina. Y todo para aplacar los deseos de millones de consumidores de noticias. Él deseaba – y apenas eso – alimentar el apetito de esa gente.
Fue entonces que ella arrancó su terrón de la pared, poniéndose a masticarlo sin vacilación. Lo tragó, mientras él sacaba la vigésima fotografía. Ella sólo retira la capa superficial de la pared.
- Es la parte más crocante. – Explica ella.
De repente, vino a la mente del hombre aquella historia contada por nuestras abuelas, en que las pobres criaturas eran atraidas por la bruja hacia su cabaña. Y esta era una casa hecha de chocolate, bizcochuelo, turrones, confites, caramelos…
- Déjeme preguntarlo otra vez : por qué hace usted esto? Se trata meramente del hambre, o estará usted atacada por lombrices?
- Yo no sé. – Replicó ella con sinceridad. – Es un vicio; lo reconozco. Daría cualquier cosa para librarme de él. Me aterra. Quien sabe no haya ya salvación para mi alma. Pero no puedo evitarlo. A veces me despierto por la noche con un hambre que nunca se vió. Y antes de darme cuenta, estoy ya comiendo barro.
Él comenzaba a sentirse culpado por lo que presenciaba. Escribió: “ Ahora diga una palabrita más. Usted, dona Beco, ya está alimentada. Diga alguna frase que caiga como el hielo en el whisky, directa y causticante, perniciosa y demostrativa del poder del individuo frente a las fuerzas ciegas del destino”.
Vuelve a contemplar a la mujer. Nota que ella viste apenas un vestido gastado, desteñido. Elescote descuidado muestra la curva de los senos.
- Usted – preguntó él – ya tuvo temor a quedarse a la intemperie? Cando se haya consumido la casa entera, quiero decir…
- No. Yo como sólo la costra, que la mejor parte. Aparte, el adobe es grueso y fuerte.
- Entonces no teme que la casa se caiga?
- No. Al fin y al cabo, ya estuve en situación peor. Vea, señor reporter, ya viví en el litoral, en Playa Bella. Los marineros venían desde el puerto de la ciudad. Ellos venían a buscarme, y a veces traían amiguitas y por eso puedo decirle, señor periodista, que ya lo he visto todo. Ellos me daban de azotes, y hacían todo para provocarme. Era un descalabro. Pero un dia me vi obligada a abandonar la epopeya de los hombres de mar y todo eso. Mi hija ya estaba en la edad de casarse y aquel no era un buen ambiente… Pero logré casarla al fin. Luego sufrí un aprieto, vagando de aquí para allá sin encontrar un refugio. Tropezando en las piedras, vine a parar aquí donde nadie puede molestarme. Aquí, donde el diablo perdió las botas. Ya hice puré de cascavel. Ya arrebañé orugas de fuego; bichos peludos que escupen veneno, que dan urticaria como llamas en los pastizales. La culebrilla; la firma de Belcebú en la piel. Bebí su orina, para pasar el resto de mis dias desquitando la maldición de Judas, desgastándole el cuerno de macho cabrío hasta que pueda comprarse el Infierno.
El periodista imaginó que podría ilustrar el gran reportaje con uno de aquellos grabados de Gustave Doré para la Divina Comedia. Al fin y al cabo, todo esto se asemejaba cada vez más a una historia de castigo divino. Qué habría hecho ella para sufrir ese castigo?
La tarde iba cayendo sobre la campiña.
- Perdone – dijo él – pero, donde puedo encontrar un lugar para pasar la noche? Se me hizo tarde para volver.
- Por mí, y si a usted no le importa, puede pasar la noche aqui mismo. No es justo que lo deje dormir a la intemperie.
- Muchas gracias.
- ¡Pero cuidado! – alertó. – No vaya a pisarme el miau. Tampoco pise la meada de vaca, cuando salga. Le puede dar hongos en los pies. Qué otra cosa puedo decirle? hay tocino en el gancho, que más que eso no puedo ofrecerle.
Más tarde en la noche, el ´periodista descubriría otra falta en la mujer: era sonámbula. A la medianoche se levantó del lecho y él pudo escucharla en su monólogo:
- ¡Malditos! Quién me apretó la garganta? Fue la loca que me robó el pimpollito de la iglesia matriz?
Y luego:
- Qé me importan los camiones, las carretas que me atropellaron el perro abrojo en la esquina?
Se encaminó a una esquina. Él escuchó en la penumbra el ruido de sus arañazos. Permaneció vigilante; los ojos bien abiertos.
Al poco tiempo, ella salió del rancho por la puerta de adelante. Él la siguió. Descubrió que ella va dejando un rastro finito de baba, como de caracol. Al menos es lo que supone.
El fulgor de la luna lo guiaba. La siguió por el viejo puente de madera. Justo entonces, resbaló y fue a parar al fondo de la cuneta por donde un dia corriera el arroyo.
Ella lo descubrió. Estaba despierta.
- ¡Bien hecho por chismoso! ¡No se meta en mis asuntos! Allí va a pasar el resto de la noche. Quién es usted, al final? Un espía? Un meercenario? Un cobrador de deudas? Un cazador de fieras de algun zoológico?
- Aguarde a que publique el reportaje. Entonces sí verá que encontrará alivio y ayuda. Su mal quedará eliminado. Le prometo volver aqui luego, a visitarla.
Compliendo su promesa, el periodista retornó a la semana. Estaba leyendo el texto a la mujer, cuando se escucha el ruido de un motor por la carretera. Quien sabe, pensó él, no fuera la ayuda esperada…
El coche venía del lado de Rivera. Era un Volkswagen herrumbroso, untado en aceite,. Pancartas viboreaban hacia atrás. Un tambor vibraba en el techo.
El conductor detuvo el coche. Se vió que llevaba puesto un mono rojo como de diablo. Un casco de aviador de cuero y anteojos ceñidos sobre la frente. Se bajó haciendo gestos amplios con los brazos. Caminó el largo tramo de suelo llano rumbo a la casa. El periodista le salió al paso.
- ¡Eh, usted! – Llamó el piloto-conductor. – Nos indicaron que la señora Beco vivía por aqui.
- Alli, exactamente.
- Dígale que venga a unirse a nuestra comitiva… Que quienes somos nosotros? Todos juntos vamos por el pueblo, y entendemos la causa de ella. Vamos apoyando nuestro candidato constitucional, aquel que viene resvalando tan vergonzosamente en el barro del aluvión. Pero nadie es perfecto, ni mucho menos…
- Pero de que está hablando?
- Tenemos una cruzada que va en la estela de un cometa por el cielo… Y tenemos en la bolsa a un apóstol camuflado de diablo, a un presunto sicólogo de pezuñas más que afiladas. Y a una procesión de ángeles enanitos volubles que nos acompañan a la cola. Venimos cabreros, reventando sapos, por la castidad y por el retorno al sano juicio. ¡No somos otra cosa más que nosotros mismos!
- Puedo sacarles una foto?
El otro seguía con la mirada turbia, mareada. Miraba através del periodista, a un punto fijo en el horizonte.
- Vamos por un cambio. – Seguía diciendo, y se sonreía. – Por el arrepentimiento y la redención. Buscando acólitos, sacudiéndolos del marasmo. Por eso vaya a buscarla. Nuestra cruzada le hará bien a su apetito ya famoso en todo el país. Le dará una razón más para agarrar esa cuchara de caldo grueso de vitaminas servido por miles de empleadas del servicio doméstico, todas igualitas y de colas perfectas, listas para ser reclutadas por la voluntad de los escupidores de fuego y los adoradores de imágenes paganas.
- No me tome a mal, pero ella no está a la búsqueda de un salvador.
- No puede ser. Todos buscamos algo o a alguien.
- Yo no dejaré que se la lleven.
- Entonces, déjelo asi. Pero llévele estos panfletos. Y que los distribuya a todos los conocidos.
El extraño puso un puñado de papeles en manos del periodista. Antes de marcharse, aún alcanzó a gritar rumbo a la choza:
- ¡Esta es su última oportunidad de conseguir ayuda, señora!
El periodista leyó en el primer folleto:
¡GRAN CIRCO MÁGICO
DEL POLLITO, POLILLA Y RATÓN!
( Debajo, unas estrellas .)
ÚNASE A NOSOTROS
VAMOS PARA MONTEVIDEO HACER UN REQUERIMIENTO
AL PRESIDENTE APARICIO MENDES DE CAPADOCIA
ÚNASE A NOSOTROS ANTES DEL DILUVIO.
(Alberto Eduardo Greenberg)

